El vasco de la carretilla

El vasco de la carretilla

Decisión, tozudez, bohemia. A toda prueba.

El vasco de la carretilla
El vasco de la carretilla
El vasco de la carretilla
El vasco de la carretilla

El Vasco Guillermo Arregui nació en Pamplona. A los 15 años llegó a Argentina y luego de trabajar como marino un tiempo, rumbeó para el sur, conchabándose en las perforaciones petroleras de Cerro Bagual en Santa Cruz. Aquí es donde comienza esta historia.´

Entre rudos hombres con mucho trabajo y poca diversión, nació una apuesta:
-Soy capaz de ir hasta Buenos Aires empujando una carretilla con 100 kg de carga. Si los norteamericanos tienen todos los récords, ¿por qué no podemos tener alguno nosotros?"-

Los que pensaron que estaba loco no tuvieron en cuenta su vasca dureza, terquedad, férrea decisión y valentía.

A los 50 años comenzó a transitar leguas, caminos a veces inexistentes y pocas veces pavimentados, soledades e inmensidades patagónicas.

Antes de llegar a Chubut, a causa del frío, se le congeló un pie, pero fiel a su palabra, siguió. No le importaba la torpeza de quienes pasaban y se reían, ni de quienes deliberadamente aceleraban sus autos cuando lo veían caminar con su carretilla, porque también supo de la mano amiga y del gesto solidario. Sólo una meta le daba fuerza y esa era llegar a Buenos Aires. Al llegar a Necochea ya había gastado 27 pares de Alpargatas. Su carretilla llevaba 100 kg de libros, ropa, carpa y obsequios recibidos en el viaje. Fumaba cigarrillos cortos, sin filtro…

Había recubierto la única rueda con un trozo de cubierta de autos, para hacer su andar más suave en ruta.

Tras catorce meses de travesía, llegó a Buenos Aires el 25 de Mayo de 1936 Los porteños, atónitos, lo ovacionaron y homenajearon su proeza llenándole la carretilla de flores, que dejaría por fin al pié de la Pirámide de Mayo. El país conoció su hazaña y pensó que era el fin de su camino. Después de todo había dejado atrás nada menos que 3.200 km.

Pero no. Donó la carretilla con sus enseres de viaje al Museo de Luján, compró otra carretilla y hambriento de aventuras se largó a Tucumán, luego a Mendoza, cruzó los Andes y en Santiago de Chile obsequió la carretilla a otro vasco, don Pedro Arregui, de quien se hiciera incondicional amigo.

Desde Chile emprendió otro viaje rumbo a Bolivia, siempre a pie, siempre con su carretilla, llegando hasta La Paz, desde donde volvería a su tierra adoptiva, Argentina.

Al pasar por Misiones se enamoró del paisaje y clavó su residencia final en la exuberante belleza de las Cataratas del Iguazú, siendo sus compañeros incondicionales los pájaros y la flora de ese peculiar paisaje. Como Horacio Quiroga, quedó preso de aquella tierra rojiza y del infinito verde.

Acostumbrado a la rudeza y haciendo gala de un ascetismo natural, se construyó un refugio de coloridas latas, haciéndolo su base, desde donde colaboró con la Cooperadora Escolar de la humilde escuelita de Iguazú. Coleccionaba plantas e insectos y servía de cicerone a los numerosos turistas extranjeros (dicen que fue el primer guía turístico de Iguazú) mientras transcurría sus días tranquilamente. También dicen que hablaba cinco idiomas. Fue su fiel compañera una perra de policía, Diana.

Como gimnasia voluntaria se había impuesto caminar dos veces por semana los diecisiete kilómetros que separaban su casa de Puerto Iguazú, le gustaba contar sus anécdotas de trotamundo, de viajero incurable, ya que en su niñez europea había viajado por numerosos países del viejo continente y por África del Norte.

Quizás hoy nosotros, inmersos en conceptos tan vagos e imprecisos como: globalización; o conviviendo con otros como: frivolidad creciente, injusticias sociales olvidadas, indiferencias o sociedad mediática, no podamos entender el perfil de un hombre y una apuesta sólo comprensible en la década del treinta, cuando se soñaba heroicamente con un Vito Dumas o un Jean Mermoz. Años en que aviadores, navegantes, nadadores o boxeadores asombraban al mundo con sus proezas, por puro deleite, por pura pasión...

"Nadie me podrá quitar la dicha de ser dueño de mi propio destino" fue su frase favorita.

La Nación escribió a su muerte, el 9 de junio de 1964: "Ha muerto en Iguazú como ha vivido: en paz consigo mismo, arrullado de sueños, abiertos los ojos y el alma al espectáculo siempre nuevo y siempre bello de la naturaleza que tanto amaba".

Tenía casi 79 años.

Por: O. Bongiardino
Fuente: Rodolfo I. Rodríguez, Pedro L. Baliña